Sulpicia: la mujer a la que se le permitió escribir

Como Safo de Mitilene o de Lesbos (s. VII a. C.) (mujer de la pintura), Sulpicia (s. I a. C.) es reconocida por su trabajo poético. Imagen: Wikimedia Commons (https://commons.wikimedia.org/wiki/File:Herkulaneischer_Meister_002b.jpg)
Tan sólo fue una la mujer romana que consiguió romper el yugo masculino predominante en la literatura romana -al menos de cuya obra se ha conservado algo- y nos transmitió directamente sus propias palabras, en este caso en forma de poesías, sin ser borradas del recuerdo histórico: Sulpicia. Ésta pertenecía a la alta sociedad romana, hija de una mujer de la gens Valeria y sobrina de Marco Valerio Mesala Corvino (hermano de su madre), quien estudió junto a Marco Tulio Cicerón y fue patrono del poeta Albio Tibulo, también relacionado con otros personajes ilustres de su época como Publio Ovidio Nasón o Ligdamo, pertenecientes al denominado Círculo de Mesala. Como es evidente, por una parte, su tío le sirvió como una gran muralla protectora contra las muy diversas críticas que Sulpicia, protagonista del nuevo modelo en auge a partir de la primera mitad del siglo I a. C. de mujer "emancipada" y quien vivía rechazando las normas tradicionales, recibió a lo largo de su vida. Por otra, la estrecha relación familiar con los principales círculos intelectuales le permitió convertirse en una de las mujeres más cultas de la ciudad.

Se han conservado un total de seis poemas de amor, insertados dentro del libro III del Corpus Tibullianum (Tib., Carm. III, 13-18). Este “Ciclo de Sulpicia” ciertamente se compone de los poemas 8-18, si bien del 8 al 12 (la “guirnalda de Sulpicia”) son de autoría desconocida (¿escritos por el propio Tíbulo?); reconocidos como de su autoría, son los breves poemas del 13 al 18. En ellos, Sulpicia suspira por su amado, Cerinto. De sus breves versos se deduce que éste pertenecía a una clase social inferior; aunque para Sulpicia esto no supusiese ningún impedimento, en la Roma tardorepublicana era un escollo muy complicado de superar, a pesar de la decidida autonomía de la que Sulpicia hizo gala en vida. Ella, por contra, más bien sufría por disponer siempre del amor de su amado Cerinto, temerosa de que él no la quisiera.

Dejemos hablar, reproduciendo aquí algunas de sus palabras, la única voz directa que tenemos de una mujer de esta época:

“Yo no querría confiar nada a unas tablillas selladas, para que nadie me lea antes que mi amado, pero me gusta haber cometido esta falta, componer mi rostro por mi reputación me asquea: se correrá la voz de que, digna yo, he estado con un hombre digno” (Tib., Carm. III, 13).

“Están inquietos por mí aquellos cuyo principal motivo de despecho es éste: no vaya yo a entregarme a un lecho desconocido” (Tib., Carm. III, 16).

“Yo no desearía vencer esta cruel enfermedad de otro modo que si pienso que tú lo quieres también. Pero ¿de qué me serviría sanar de enfermedades si tú puedes soportar mis males con un corazón insensible?” (Tib., Carm. III, 17).

“No te sea yo, vida mía, ardiente pasión ya, como parece que lo fui hace unos pocos días. Si en mi entera juventud he cometido alguna tontería de la que confiese haberme arrepentido más, es de que anoche te dejé solo, deseosa de no descubrir los ardores de mi pasión” (Tib., Carm. III, 18).

Bibliografía
-ALVAR, A., “Los poetas del ‘Corpus Tibullianum’”. Codoñer, C. (ed.), Historia de la literatura latina, Madrid, Cátedra, 1997, pp. 200-203.

-CANTARELLA, E., Pasado próximo. Mujeres romanas de Tácita a Sulpicia, Madrid, Ediciones Cátedra, 1997 (1ª ed. italiana, 1996), pp. 181-188.

-CATULO/TIBULO, Poemas/Elegías (introducciones, traducciones y notas de A. Soler Ruiz), Madrid, Editorial Gredos, 1993.

-LÓPEZ, A., No sólo hilaron la lana. Escritoras romanas en prosa y en verso, Madrid, Ediciones Clásicas, 1994, pp. 75 y ss.

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