Fulvia, un mal ejemplo de mujer romana

Busto de Fulvia (izquierda) y la diosa Atenea (derecha). Coh. 1 RPC I 3139; Sylloge Nummorum Graecorum, Copenhaguen.
Fulvia (83-40 a. C.) fue una mujer aristocrática de la gens de los Graco que vivió durante los años más tempestivos de finales de la República romana. Casada con tres de los hombres políticamente más populares de su época, a saber Publio Clodio Pulcro, Gayo Escribonio Curión y Marco Antonio, todos ellos tribunos de la plebe y partidarios acérrimos de Julio César, especialmente Antonio, quien se convirtió en mana derecha de César durante la guerra civil y la consiguiente dictadura. ¿Por qué es recordada Fulvia? Normalmente, las mujeres romanas eran recordadas particularmente por dos razones principales: o bien por su comportamiento ejemplar; o bien, por el contrario, por su actitud impúdica y descarada. Entonces, nos encontramos ante una mujer que se escapa del ideal tradicional romano, una mujer pérfida e intervencionista. Fue tal su importancia, que incluso fue la primera mujer -no mitológica- cuyo rostro fue grabado en una moneda, en este caso junto a la diosa Atenea en el reverso.

Fulvia escapaba de los límites que los romanos idealizaban como una mujer romana ejemplar: tenía ambición política, participando de ésta directamente a través de sus tres esposos, especialmente con Marco Antonio, como podemos observar en la guerra civil de Perugia (41-40 a. C.) entre el cónsul Lucio Antonio (hermano de Antonio) y Fulvia, respaldados por Marco Antonio y el futuro Augusto, Cayo Octavio (o Octaviano). En este conflicto, Fulvia pretendió, en teoría, que su marido gobernase Roma en solitario, en lugar de continuar con el triunvirato con el joven Cayo Octavio y Marco Emilio Lépido. Octavio los derrotó después de un largo asedio en la ciudad de Perugia, donde se habían refugiado los rebeldes. Fulvia fue castigada con el exilio en Sición, mientras que Lucio Antonio fue enviado como gobernador a una provincia hispánica. No sería hasta finales del año 40 a. C., con la muerte de Fulvia, cuando regresó la paz -aunque breve- entre Marco Antonio y Cayo Octavio con la firma del tratado de Bríndisi (40-32 a. C.).

Dejando de lado sus dos primeros matrimonios, los textos se centran principalmente en las figuras de Fulvia y de su tercer esposo, Marco Antonio. En el primer texto de Plutarco (Vit. Ant. 10, 3), Marco Antonio es presentado como un hombre sometido al dominio de Fulvia:

 “[…] Aquélla era una mujer que no circunscribía sus pensamientos a las simples tareas del hogar, como cardar la lana, ni se veía digna de domeñar a un simple ciudadano, sino que tenía designado casarse con un gobernante al que quería gobernar y un capitán dispuesto al que se le capitaneara. De esta forma, las lecciones de sumisión que Antonio recibió de Fulvia, le sirvieron a Cleopatra para tomar posesión de él, ya que desde el principio estaba amansado y medianamente instruido en obedecer a las mujeres”.

Antonio, de quien todos conocían demasiado bien su carácter agresivo e intempestivo, parece irónico que sea presentado como lo hace Plutarco, aunque consigue aquello que pretendía: perjudicar la imagen de Fulvia. Como es bien sabido, el ideal de matrona romana era aquella que trabajaba en su casa hilando y tejiendo con sus esclavas, administrando la casa, educando y criando a sus hijos. Debía mostrar respeto y fidelidad a su marido, y éste debía agradecérselo con protección y amistad (Plin., Ep. 8, 5; Val. Máx. 6, 7). Por tanto, Fulvia no fue para los antiguos escritores una verdadera mujer que probase amor y fidelidad hacia su marido, como se esperaba de toda matrona. Pero, a pesar de la condición libre de la mujer, también se caracterizaba por su sumisión al hombre, que aunque no era su patrón en sentido jurídico, de hecho era el pater familias (Cantarella, 1991: 197). Eso es precisamente lo que pretende demostrar Plutarco: la falta de sumisión y control del hombre sobre la mujer, en virtud del ideal tradicional romano. La mujer romana era -y debía ser-, un ser tutelado de por vida (tutela mulieris) (Gil Fabregat, 2000: 67).

La mujer romana no aparece como la griega encerrada en el gineceo, sino que participaba como ama y matrona de la vida social de la casa. Era la compañera y cooperadora del esposo, podía salir libremente a comprar por las tiendas, tenía pena libertad y honorabilidad como matrona, e incluso podía aparecer junto a su marido en las recepciones y en los banquetes, y compartir con él la autoridad sobre hijos y esclavos, como nos transmiten Valerio Máximo (10, 23) y Servio (Ad. Aen. 1, 737), pudiendo intervenir, también, en los tribunales como demandante o como testimonio, así como interceder en las causas criminales.

El texto de Dión Casio (47, 8, 2), aunque bastante exagerado, presenta una imagen de Marco Antonio más próxima a la realidad, y nuevamente una proyección cruel de Fulvia, disfrutando de los asesinatos más que el propio Antonio. Situémonos contextualmente. Con el asesinato de Julio César, Antonio se convirtió en uno de los hombres más poderosos -sino el que más- de Roma, estando Fulvia involucrada en las consecuencias políticas. Se iniciaba una guerra diplomática por hacerse con el control efectivo del poder, en el que Cicerón, leal republicano tradicional, jugó en contra de los intereses dictatoriales o autocráticos de Antonio y Fulvia. Con la firma del segundo triunvirato de Antonio con Octaviano y Lépido en el año 43 a. C., se iniciaron las proscripciones políticas, siendo Cicerón uno de los máximos exponentes de estas listas negras. Así pues, el texto de Dión Casio, así como el de Apiano (B.C. IV, 4, 29), describen a Fulvia como implicada en estas proscripciones violentas, que se utilizaron para terminar con los enemigos y ganar fondos necesarios para mantener el control de Roma. Marco Antonio persiguió a sus enemigos más poderosos, siendo el principal Cicerón, quien anteriormente le había criticado reiteradamente por abusar de sus poderes como cónsul después del asesinato de César. Casio describe la alegría con la cual Fulvia contempló la cabeza y las manos expuestas de Cicerón en los rostra del foro; ésta hirió la lengua de Cicerón con sus horquillas, burlándose, como una especie de venganza final contra el poder oratorio de Cicerón.

Bibliografía
-CANTARELLA, E., La calamidad ambigua, Madrid, Ediciones Clásicas, 1991 (1ª edición italiana, 1981).

-GIL FABREGAT, C., "Tutela mulieris en el derecho romano". Actas del Segundo Seminario de Estudios sobre la Mujer en la Antigüedad (Valencia, 1998), 2000, pp. 65-77.

-GUILLÉN, J.,  Urbs Roma IV. Vida y costumbres de los romanos. Constitución y desarrollo de la sociedad, Salamanca, Ediciones Sígueme, 2004 (1ª edición, 2000).

-PLUTARCO, Vidas Paralelas VII. Demetrio-Antonio, Dión-Bruto, Arato-Artajerjes-Galba-Otón (Introducción traducción y notas de J. P. Sánchez Hernández y M. González González), Madrid, Editorial Gredos, 2009.

-WEIR, A. J., A study of Fulvia, Kingston, Queen's University, 2007.

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