¿Era la sociedad romana una sociedad abierta, con opciones de promoción social?


Pobres, artesanos, campesinos, libertos y esclavos. A lo largo de los cinco capítulos escogidos de la obra El hombre romano (Alianza Editorial, 1991) hemos podido realizar una breve aproximación a la sociedad romana y, especialmente, a los más desfavorecidos de la sociedad, aquellos que tenían que vender su fuerza de trabajo a cambio de un salario o, en el peor de los casos, como los esclavos, a cambio de su subsistencia. Artesanos, campesinos, libertos y esclavos, pobres en general la mayoría de ellos, formaban cada uno de ellos una amalgama de grupos sociales diferenciados, pero que en síntesis eran desde el punto de vista aristocrático la otra parte de la sociedad, aquella jerárquicamente inferior de la que se querían diferenciar: la plebe.

No existía un único grupo de pobres, pues la pobreza estaba estrechamente vinculada al estatus social y por eso mismo los órdenes ecuestre y senatorial se separaron de las masas mediante la exigencia de un nivel mínimo de riqueza. El propio termino de “pobre” significaba para los antiguos “cualquier que no pertenece a las órdenes gobernantes”. Una diferencia brutal que se ve claramente es la enorme desemejanza de ingresos entre ricos y pobres. Los pobres solían compartir habitaciones pequeñas con otras tres o más personas para poder pagar los altos alquileres de las ciudades, unas rentas que equivalía hasta tres o cuatro veces el molesto salario de un trabajador. En sanidad e higiene, así como en la comida, incluso con la esperanza de vida y en la muerte, la desigualdad entre pobres y ricos en Roma fue muy marcada y exagerada. A pesar de todo, con la profesionalización del ejército y en tiempos imperiales, como apunta C. Witakker (1991: 327), el diferencial entre un soldado raso, un centurión veterano y un tribuno senatorial era en torno de 1:66:400. Esto nos deja una idea de la gran disimilitud de riqueza.

Si hay algo que las fuentes antiguas no esconden de esta plebe, es precisamente aquello fuera de lo común: para Pretonio, ningún liberto tenía un mayor interés que aquel que escogió -ficticio o inspirado en hechos reales- para la realización de su Satyricon, Trimalción, un liberto que gracias a su trabajo obtuvo una total independencia, de la que no disfrutaban todos los de su condición, y terminó haciendo inmensamente rico. Otro caso que trata J. Anreau (1991: 207) es el de Clesipo, un liberto batanero (mediante un batán, fieltraban tejidos de lana) que acabó casándose con la rica Gegania, convirtiéndose en su heredero y obteniendo, como nos ha llegado gracias a una inscripción, diversos cargos como el de magister Capitolinorum, magister Lupercorum y viator tribunicius; un indudable caso de ascensión social, que nos indica que incluso un esclavo o un liberto, gracias a una buena relación con su amo o ama, podía ascender socialmente y más allá de obtener la ciudadanía romana, podía hacerse rico y poderoso. Sobre el esclavo, cabe apuntar que dentro del mismo grupo había bastantes diferencias sociales: no era la misma tarea la del esclavo rural, sujeto a un esfuerzo físico superior y pesado que la del esclavo de la ciudad o la domus (Y. Thebert, 1991: 166-167). No obstante, la mayoría de esclavos y libertos no tuvieron tanta suerte; así, muchos textos latinos, desde finales de la República hasta el Alto Imperio, asimilaron el liberto al pobre.

En el siglo II a. C. se produjeron cambios fundamentales en las condiciones de la clase campesina. Se relacionan con las grandes transformaciones que se sufrieron en Italia durante el período de las grandes conquistas de Roma a lo largo del Mediterráneo. La crisis de la pequeña propiedad agraria y la eclosión de una gran y mediana propiedad agraria, fundamentada en el trabajo de los esclavos, son las manifestaciones más expresivas de estas transformaciones. Los campesinos, pues, abandonaron en masa sus tierras, vendiéndolas generalmente a los ricos latifundistas (problemas de deudas, principalmente, y también la alta competitividad de la gran propiedad agraria (viñas y olivares, que daban más beneficios pero eran más caros e inaccesibles a los pequeños agricultores), o bien la afluencia de cereales a bajo precio de las provincias), i se trasladaban a las ciudades o trabajaban como asalariados para los segundos. Uno de los factores principales fue los apetitos consumistas en los que entraron en contacto con otras culturas, como la helena, provocando que estos no pudiesen contentarse, en su retorno, con la pequeña propiedad campesina, basada en una economía de subsistencia. Un cambio fundamental en el campo se dio entre los siglos II y I a. C. con la transformación total del sistema de alistamiento del ejército: en lugar del ejército de leva, reclutado principalmente entre los campesinos, se formó un ejército profesional, del que podía entrar a formar parte las personas que poseían censo patrimonial y, con mucha frecuencia, también aquellos que no tenía medios materiales para vivir.

Así, el pequeño y mediano campesino abandonó progresivamente la vida del campo para vivir de lo que Kolendo cita “la profesión del ciudadano romano” (1991: 241), con la que podían obtener beneficios económicos sin la necesidad de trabajar la tierra (venta de votos durante las elecciones, venta de cereales a bajo precio y la distribución gratuita de cereales entre los ciudadanos romanos, entre otras opciones). Encontramos la opinión de la época perfectamente resumida en estos dos textos: Para Salustio (Conivrat. Cat. 37, 6):

“Los jóvenes que antes habían tolerado la pobreza sosteniéndose con el trabajo de sus manos en el campo, animados por los repartos públicos y privados, preferían el ocio en la ciudad a un trabajo ingrato”.

Y Varrón (Rer. Rust. 11, 4), explicando por qué los labradores abandonaban los campos y emigraban a la ciudad, escribió:

“Han abandonado hoz y arado y prefieren servirse de sus manos para aplaudir en el teatro o en el circo, antes que para segar o vendimiar”.

¿Y qué podemos decir de los artesanos? Las opiniones de los intelectuales de la época solían prohibir al hombre de bien, como norma general, cualquier actividad artesanal o manufacturera. Así, el artesano, el técnico o artista quedaba relegado a la categoría de sub-hombre (J. P. Morel, 1991: 259); en otras palabras, a la de ciudadano de segunda clase -en el mejor de los casos- y, en general, a todo aquel que vendía su trabajo por un salario (tareas como la del campesino y las artesanías, y de toda condición social, como libertos, ingenuos y esclavos). Estos trabajadores generalmente sólo aparecían en las fuentes cuando un individuo se había hecho inmensamente rico gracias a su oficio, o también cuando un alto personaje buscaba la compañía -mal vista- de un artesano, o bien cuando éstos, pobres o ricos, estaban relacionados con alguna nueva ley o innovación técnica. Aunque encontramos más ejemplos en otras fuentes: textos, inscripciones y productos que se han conservado. Así pues, como indica Morel (1991: 260) según acudamos a una u otra fuente, se nos mostrará como un ser servil y sin modales, o bien como un maestro especialista, una persona notable en su ciudad.

¿Podía, pues, un artesano o un campesino, pobre, esclavo o liberto, ascender socialmente? Sí, como nos transmiten los dos tipos de fuentes nombrados; ahora bien, era muy difícil que se diese dicha situación, hecho por el cual muchos se han aventurado a afirmar que la sociedad romana era una sociedad jerárquicamente estratificada y sin casi opciones de promoción social. Tradicionalmente Roma no ha sido una sociedad abierta, sino más bien una sociedad controlada por unos pocos que impedían progresar socialmente a los inferiores. ¿Era posible? Sí. ¿Se solía dar la situación? No, no solían darse estos casos de promoción de una persona de clase baja, liberta o esclava. Hay que decir, en este punto, que la dificultad de ascenso se complicaba en el caso de las mujeres, quienes lo tenían aún más difícil que los hombres de su misma condición.

Había pequeños artesanos, la mayoría; pero también había unos empresarios y magnates de la artesanía, una especie de “burguesía industrial”, salvándose las distancias de lo que se entiende por burguesía en la modernidad. Todo parece indicar la existencia de ésta última, la de un “burgués industrial” que obtiene aquello esencial de sus beneficios no de la agricultura o de la especulación, sino de la artesanía o de la manufactura. Así pues, se conocían casos de ricos que confiesan ser artesanos, e incluso algunos de ellos han escalado los escalones de la sociedad piramidal. Sus monumentos, sus inscripciones y otros indicios los califican como notables, como interlocutores reconocidos por su ciudad o por el Estado (J. P. Morel, 1991: 265). Más ricos si cabe eran los grandes capitanes de industria, conocidos por los indicios que nos han llegado de su actividad, por el testimonio de las fuentes y por la opinión pública de la época. Por tanto, aquellos mejor conocidos son precisamente los que han escalado la pirámide social, y a través de su tarea artesana se han hecho ricos y poderosos.

Bibliografia
-ANDREAU, J., "El liberto". Giardina, A. (ed.), El hombre romano, Madrid, Alianza Editorial, 1991, pp. 201-226.

-KOLENDO, J., "El campesino". Giardina, A. (ed.), El hombre romano, Madrid, Alianza Editorial, 1991, pp. 227-256.

-MOREL, J. P., "El artesano". Giardina, A. (ed.), El hombre romano, Madrid, Alianza Editorial, 1991, pp. 257-288.

-THEBERT, Y., "El esclavo". Giardina, A. (ed.), El hombre romano, Madrid, Alianza Editorial, 1991, pp. 161-200.

-WITAKKER, C., "El pobre". Giardina, A. (ed.), El hombre romano, Madrid, Alianza Editorial, 1991, pp. 319-350.

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