De Pompeyo a Julio César. El final de la República romana

Cneo Pompeyo Magno
Pompeyo, vencedor de la guerra civil en Hispania contra las tropas de Sertorio en el año 71 a. C., volvía a Roma dejando detrás suyo unos fuertes lazos de clientela conseguidos por el reparto de tierras, la concesión de la ciudadanía y la fundación de ciudades, como Pompaelo (Pamplona). La oposición popular de Sertorio en Hispania (83-72 a. C.) contra el gobierno senatorial de Sila no fue más que el último episodio de una cruenta guerra civil empezada años atrás por el segundo. Cabe señalar que Sertorio no era hispano, sino de origen sabino, de forma que Hispania no fue más que un medio para conseguir sus propósitos (Roldán Hervás, 2001: 273). Con la guerra de Sertorio las provincias occidentales y, concretamente, las Hispaniae, entraron dentro de la crisis republicana, convirtiéndose en un escenario importante para la lucha de facciones de la política romana.

No menos importante fueron las revueltas de esclavos para la desestabilización de la República, destacando la tercera rebelión, comandada por Espartaco en el año 73 a. C., imperfectamente conocida en muchos de sus extremos (Sánchez León, 1991: 48). Con el fracaso de Marco Licinio Craso, sería Pompeyo quien puso fin a la revuelta de Espartaco. Éstos dos serían los cónsules del año 70 a. C., iniciando su tarea reformadora modificando algunas de las leyes de Sila, importantes para la sociedad romana como fue el restablecimiento de los tribunales de la plebe. Dichas reformas ofrecieron nuevas posibilidades a la actividad política de Roma con la restitución de las competencias a los tribunos de la plebe, eliminadas por Sila (Hernández Guerra, 2007: 41). No obstante, sería con la creación del primer triunvirato cuando la situación entre los diferentes grupos oligárquicos se hizo insostenible. Pompeyo y Craso, como triunviros, y la tercera figura, un joven Julio César.

Apiano escribió (Guerras Civiles II, 8-9):

Pompeyo [...] trabó amistad con César, y le prometió bajo juramento que lo apoyaría en sus aspiraciones al consulado. Y este último le reconcilió de inmediato con Craso. Así, estos tres hombres, teniendo el máximo poder sobre todos, se coaligaron en sus intereses mutuos.

En el marco de las elecciones del año 63 a. C., Lucio Sergio Catilina y Marco Tulio Cicerón se enfrentaron en las votaciones por la preeminencia de uno u otro bando, optimates o populares. Los segundos pretendían que se aprobase una ley para la distribución de tierras en Italia entre los veteranos del ejército y el proletariado de Roma, aunque esta iniciativa se disolvió con la derrota de los populares en las elecciones. El año siguiente, Catilina fue derrotado nuevamente en las urnas, provocando un intento de golpe de Estado, siendo éste denunciado públicamente por Cicerón. La causa de Catilina estaba perdida, y así se vio poco después en el campo de batalla, cuando sus tropas fueron duramente derrotadas.

A mitad siglo I a. C., la anarquía se había implantado en las calles de Roma, fiel reflejo de lo que era la lucha política entre optimates y populares en el seno del Senado romano. Terrorismo urbano, vandalismo, incendios, asesinatos… eran cada vez más frecuentes en Roma. La situación desembocó en una nueva guerra civil (49 – 45 a. C.), con César y Pompeyo como protagonistas. César era declarado enemigo de Roma en el año 49 a. C. por el Senado mediante un senatus consultum ultimum; y Pompeyo, quien tenía la tarea de defender al Estado del peligro que significaba César. Cruzar el Rubicón no sólo sería el inicio de una nueva e inevitable guerra civil, sino que marcaría el principio del fin del poder del Senado y, en consecuencia, de la República romana.

En el año 45 a. C., con el final de la guerra civil y la proclamación indefinida de César como dictador, asistimos a un período de reformas constitucionales, con el objetivo principal de solucionar los graves problemas de la República. Entre sus principales reformas, cabe destacar que amplió el Senado a los 900 miembros, convirtiéndolo así en un Senado dócil que se limitaría a tramitar sin ningún inconveniente los decretos del dictador; de la misma forma, eligió nuevos gobernadores provinciales y parte de los magistrados para Roma; se reservó el derecho a declarar la guerra y negociar la paz; aumentó la paga de los soldados y estableció unas 32 legiones; extendió la ciudadanía romana y latina; ordenó la redacción de una ley, la lex Iulia municipalis; reguló y limitó el nombre de asociaciones populares; y reformó el calendario, siendo a partir de ahora un calendario solar. Pero, por lo que respecta al plano social, destacan dos reformas: en primer lugar, debido a la imposibilidad de encontrar tierras en Italia para sus veteranos, refundó o creó nuevas colonias en las provincias, en las cuales se asentaron, también, buena parte de los ciudadanos más pobres de Roma. I por otra parte, obligó a los grandes propietarios a dar rendimiento a sus explotaciones, así como utilizar para ello a un tercio de los trabajadores libres de Roma.

El programa político de César, pues, confirmaba la necesidad de aplicar soluciones rápidas a los problemas de la República (Ferrer Maestro, 2005: 419). Pero, como otros anteriores a él que intentaron limitar el poder de los oligarcas del Senado, parte de este grupo, amparado bajo la defensa de la libertad, decidió terminar con el dictador. César, acusado demagógicamente de aspirar a “rey”, fue asesinado en los idus de marzo del año 44 a. C. De todos modos, a pesar de su muerte, su sucesor, Octaviano (futuro Augusto), terminó plasmando sus ideas. Para Julio César, cualquier intento de restablecer la República era innegociable, debido a la incompetencia y corruptibilidad del Senado. Así pues, pensaba que la única solución para poner fin a las disputas entre la nobilitas era el poder personal, autocrático o tiránico; por no decir “rey” o “monarquía”, términos tabú para los romanos.

[...] Octaviano instrumentalizará con carácter propagandístico todos los elementos posibles con tal de desacreditar a M. Antonio. Las guerras civiles, solución última a la crisis republicana, culminarán el 2 de septiembre del 31 a.C., cuando Oriente y Occidente se enfrenten en Accio, [...], de donde surgirá con la victoria de Octaviano un nuevo sistema político, que podía articular la situación del mundo romano (González Román, 1990: 58). Con Octavio, Roma empezó una nueva época, de carácter eminentemente monárquico, con el que las antiguas tradiciones desaparecieron progresivamente sumiendo a Roma en una nueva etapa, la última de su existencia: el Imperio.

El final de la República
Las marchas de Lucio Cornelio Sila (88 a. C.) y Lucio Cornelio Cina (87 a. C.) sobre Roma significaron la primera intervención directa del mundo militar en el gobierno civil. Sin duda alguna, los cambios en el tipo de reclutamiento estimularon la intervención directa del ejército romano en los conflictos políticos de Roma (Hopkins, 1981: 45). A lo largo del siglo I a. C., tanto Roma como sus provincias fueron escenario de guerras civiles (años: 82 a. C.; 49 a. C.; y 43 a. C.) en las cuales los romanos se enfrentaron por primera vez entre sí, recurriendo al ejército con fines políticos. Estamos ante los primeros ejércitos personales o privados. La crisis del sistema republicano dio inicio a una nueva etapa de cambios y transformaciones en su modelo político, siendo substituida la res publica por una monarquía iniciada por César -no formalmente- y consolidada por Augusto (Hernández Guerra, 2007: 39).

La República romana constituyó un modelo de equilibrio de poderes porque estaba concebida como un exquisito sistema de contrapesos, para que ningún poder pudiese dominar a los otros y, de este modo, quedase salvaguarda la libertad ciudadana; pero a pesar de su estructura armónica sufrió una grave crisis que acabó con ella (Díaz, 1983: 184). La República, que había soportado los embates de todos sus enemigos, algunos tan poderosos como Cartago, siempre había salido victoriosa y más fuerte; pero a pesar de sus triunfos, no pudo resistir las ambiciones y discordias internas.

Entre las causas de tipo político cabe destacar el impacto que supuso el aumento del número de ciudadanos sobre la estructura republicana. Mientras que los ciudadanos fueron pocos y casi todos vivían en Roma o en su entorno, hubo un cierto consenso respecto a la voluntad popular mediante los comicios; pero cuando los ciudadanos llegaron a ser muchos, y la mayoría de éstos estaban ausentes, los comicios perdieron prácticamente sus antiguas funciones, pasando a ser una herramienta controlada que se vendía al mejor postor. Entonces, cuando los romanos debían haber restablecido un verdadero sistema de representación política, continuaron aferrados a la antigua idea de representación asamblearia, regida por la voluntad popular (Díaz, 1983: 185). También hay que destacar la rigidiza de la aristocracia romana, obstinada a monopolizar el poder y cerrada a la mayoría de cambios.

La República romana cayó por el peso de sus propias victorias, pues sus inmensas proporciones territoriales de ultramar fueron cada vez más insostenibles. La desproporción entre el pequeño territorio de Roma y la gran extensión creada para una pequeña ciudad tuvo problemas para organizar un territorio tan extenso. De la misma forma, las luchas de clases continuaban envenenando a una sociedad que no había mejorado con las victorias de la plebs. La corrupción política y administrativa pesaron sobre la res publica.

El Imperio romano sobrevivió a medida que innovaba, con el paso del tiempo y con el desgaste político interno y la múltiple amenaza en los limes, todo eso agravado por el grave clima social, Roma fue cayendo víctima de su propia extensión. Como apunta Hopkins (1981: 52): “(e)ntre la República y el Principado, el ejército dejó de ser una expresión de poder de la ciudadanía para convertirse en instrumento de control. Los ciudadanos se volvieron súbditos del emperador. Efectivamente, el Imperio, lejos de ser un sistema representativo, terminó caracterizándose por una exclusión casi total del pueblo.

Bibliografía
-DÍAS BAUTISTA, A., “La República romana”. Anales de Derecho, 4, 1983, pp. 177-186.

-FERRER MAESTRO, J. J., “El apogeo de la República”. Fco. Javier Fernández Nieto (coord.), Historia Antigua de Grecia y Roma, Valencia, Tirant lo Blanch, 2005, pp. 373-423.

-HERNÁNDEZ GUERRA, L., “Hispania y la crisis institucional romana en la Baja República”. Historia Antigua, 31, 2007, pp. 39-49.

-HOPKINS, K. Conquistadores y esclavos, Barcelona, Ediciones Península, 1981.

-ROLDÁN HERVÁS, J. M., Historia antigua de España (vol. I), Madrid, Madrid, 2001.

-SÁNCHEZ LEÓN, M. L., Revueltas de esclavos en la crisis de la República, Torrejón de Ardoz, Akal, “Historia del Mundo Antiguo”, 1991.

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